Mi experiencia personal de alguno de los veranos fueron los campamentos, a uno de ellos acudí dos años, aquello comenzaba el 1 de agosto, yo fuí desde mi casa, por encontrarnos ya de vacaciones, temprano íbamos al colegio Miguel de Cervantes en el barrio de las delicias, allí nos agrupamos los del colegio, pues al resto de chicos que allí había no les conocíamos de nada, creo que todos rondabamos los 11 y 12 años, allá por los años 73 y 74. Después de formar en el patio nos subimos a un autocar y todos rumbo a Castronuño, que es donde este campamento tenía su fin.Don José, ese era el nombre más repetido durante aquellos días del 1 al 15 de agosto, era el director del colegio Miguel de Cervantes, franquista hasta la médula y de vocación militar por lo que allí nos hizo hacer. Acompañado este señor de alguno de los profesores de aquel colegio y uno o dos de sus hijos ya de edad adulta. Llegamos pronto pues Castronuño no está muy lejos de Valladolid, el bus paraba a las puertas de un colegio, con una valla de ladrillo y verjas de hierro, algo en cuesta la calle, y detrás de la valla, un gran patio que acababa en un frontón. El edificio de estilo muy parecido a todos los construidos en la época de los 50 por el régimen.
Bajar del autobús y formar una cola por la margen izquierda del edificio fue todo uno, un cartel a la puerta existente anunciaba el menú diario y las tareas del día, horas incluidas: levantarse a las 7:00 a.m.,aquello ya asustaba, pero aún no éramos conscientes.
Según llegaba nuestro turno se nos daba una almohada y unas sábanas y subiendo unas escaleras nos asignaban nuestra litera, aquello también era nuevo para nosotros que dormíamos en cama baja. Nos hicimos la cama, y de nuevo al patio a formar y seguir instrucciones todo en plan militar.
Lejos de sentirnos agobiados o extraños en ese ambiente, creo que los únicos que estábamos en su salsa éramos los del juande, estábamos acostumbrados a aquella disciplina. Los demás venían de familias de diversa índole y unos más y otros menos lo empezaron a pasar mal desde el primer día.
El anuncio de levantarse a las 7 era cierto y vestidos de deporte al uso de la época, pantalón corto azul, camiseta blanca y zapatillas de loneta azules, sí, de las que hoy son caras y están de moda y antes no podíamos ni verlas. Todos al patio en ayunas a hacer gimnasia... aún tengo grabados recuerdos de todos dando vueltas al patio corriendo, los gorditos pasándolo fatal, y D, José chillando desde el centro vamos¡¡¡ vamos¡¡¡, que no es para tanto.
Después una tabla de gimnasia y corriendo a hacer la cama, ducharnos y vestirnos para bajar a desayunar.
El comedor estaba en la parte baja del edificio y era un lugar donde pasábamos también mucho tiempo, desayuno, comida y cena, lo cual aprovechaba D. José desde el centro del mismo, sentado en una silla encima de una mesa para ser bien visto, para dar a conocer los quehaceres diarios.
Bien es cierto que visto en el tiempo no creo que fueran actividades aptas para niños de esa edad, pero sobrevivimos. Había días que salíamos por la mañana y nos metían 25 o 30 kilómetros de caminata, y todo para ir a visitar los restos de una gran batalla que hubo en tiempos lejanos...nosotros incrédulos niños, nos contaban cosas y tragábamos con todo, lo cierto es que al llegar a aquella gran explanada después de llevar el agua racionada, y atravesar garbanzales y algún que otro campo de trigo, con toda la calorina que lanzaba el mes de agosto, allí encontrábamos un campo lleno de huesos, eso sí, enormes huesos que a más de uno le quedaría la duda de si tan grandes eran los hombres en otro tiempo. Lógicamente eran restos de animales pero nosotros entrábamos a todo, era típico recoger piedras y rehacer año tras año una especie de monolito que montábamos con aquellos cantos donde se clavaba en lo alto una cruz, y todos alrededor rezábamos una oración por el alma de aquellos valerosos hombres que lucharon en la batalla.
De estas aventuras recuerdo la más repetida, con el fin de llevarnos a bañar, nos acercaban hasta la presa de San José, que a pocos kilómetros del colegio se encuentra, un lugar donde acuden las gentes del pueblo a disfrutar de una pequeña playa, aún existe y sigue teniendo afluencia de gente, no sería una aventura como tal, solo ir a dicha la playa, la aventura empezaba al acercarnos al río y adentrarnos en una senda muy cercana a la orilla, que si no mal recuerdo tenía el suficiente peligro como para que cualquiera de nosotros cayéramos al agua en algunos tramos, aún así, éramos advertidos como no podía ser menos, no recuerdo de ninguna adversidad al respecto.
Al llegar a la playa, el lugar tampoco era algo sin peligro, se formaba un círculo con voluntarios hasta una cierta distancia cerrando un sitio del que no se podía salir. Yo que siempre tuve miedo al agua y que a día de hoy aún no se nadar, siempre me ofrecí voluntario, aquello me libraba de ser lanzado desde una especie de dique al agua, con la clara intención de que aprendieras a nadar o pasaras un mal rato como así era en la mayoría de los casos.
Pasarlo bien o pasarlo mal era pura cuestión de actitud; ante situaciones que para muchos eran extrañas, pero no todo fueron cosas desagradables, por la noche después de cenar, nos sentábamos todos en el patio de frente al frontón que servía de pantalla de cine, donde nos proyectaban desde películas hasta historias que supongo mitad inventadas, era en esas historias donde nos contaban como un noble caballero se marchó a las cruzadas y después de los años regresó y encontró a su mujer casada con su hermano y se hizo ermitaño, una vez muerto aún se escuchan los gritos de lamento en la noche...ISAUUUUUL...se escucha a lo lejos en la lejanía del río. Y todos subíamos acongojados a los dormitorios y cierto a eso de las 12 en esas calurosas noches de aquel verano, todos escuchamos aquel lamento por Isaul, ...más tarde supimos que era el tren que hacía sonar su silbato a la entrada del pueblo. Iker Jimenez sacaría hoy mucho provecho de esto.
Aquellas salidas al kiosko, las gentes del pueblo por fuera de la valla viendo y escuchando las historias proyectadas, los domingos no faltaba la visita a la iglesia para escuchar misa, sita unos metros más arriba de la calle.
No olvido el día de las visitas de los familiares donde la mayoría lloraba sus penas a los mismos, menos los seis o siete que éramos nosotros, que simplemente jugábamos aparte porque nosotros no recibiamos a nadie. Quiero recordar que uno de los años recibimos la visita de una monja. Antes de todo esto, y en ese lugar privilegiado donde se colocaba D. José en el comedor, sacaba un día a la semana las cartas de aquellos que le parecía a él que no escribían la verdad, poniéndoles en evidencia y para vergüenza suya delante de todos, pues el correo era revisado y leído.
No hicimos muchos amigos no se si por tiempo o por falta de entendimiento, pero en el fondo lo pasamos bien o eso me lo pareció siempre a mi.
Llegaba el día 15 de agosto, y con todo preparado y recogido, nos apostaban a un lado del patio desde allí veíamos cómo bajaban las chicas del bus y eran conducidas al fondo del patio, ocupábamos nosotros sus lugares en el autocar y acabada la experiencia del campamento, regresábamos a Valladolid. Es muy posible que me quede muchas cosas, pero el tiempo pasado, solo me permite recordar esto que os escribo, sirva al menos para memoria y entretenimiento de todos.
Mi intención era contaros la aventura del otro lugar donde fuimos, pero eso será en otra ocasión esto se ha hecho demasiado largo...adelanto que el otro lugar fue en la costa gallega con una superplaya y acudimos por primera vez chicos y chicas juntos.






Buena memoria, intensas quincenas que en tiempo de hoy sería un maltrato de 10 y en aquellos tiempos ni los padres se enteraran y si lo llegaban a saber desde luego dirían que ésas historias eran mentiras, desde luego ningún padre iría a pedir explicaciones al colegio. Cómo no íbamos a ser adultos!!!
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